lunes 20 de abril de 2009

La Séptima Carta

Desde algún lugar de la inmensidad
Día de una disculpa

A ,

Lamento mi última carta, discúlpame, fue un momento de crisis, provocado por los recuerdos y la soledad que estos días me atormentan. Entiendo que no hayas querido responder a esos... absurdos y desvariados ruegos... No te imaginas la vergüenza que siento al saber (o imaginar, sí, imaginar mejor) que los has leído. Pero ya nada puedo hacer, aún no tengo el poder de hacer volver el tiempo atrás.

Como consuelo me queda pensar que he vuelto a la normalidad, o mejor dicho, que he vuelto a "mi normalidad", que yo diría que está fuera de lo normal...

Ah, ya vuelvo a divagar y a moverme en círculos absurdos y lo que es peor, a aburrirte con mi palabrería carente de sentido. Nuevamente te pido disculpas.

No deja de ser curioso lo que los recuerdos nos pueden provocar... a mí personalmente, que lucho por recuperarlos, a veces acaban por pisotearme el poco ánimo que pueda tener... Demasiados recuerdos tristes, aciagos y deprimentes. A veces tengo la sensación de que al volver la vista atrás, mis ojos sólo se topan con una maraña de memorias oscuras... Todo culpa mía, por lo menos ya no huyo de esa responsabilidad.

Comienza a amanecer en esta ciudad, hoy tendremos un día de esos que la gente califica de bueno, y otros, más poéticos, como luminoso. Pero no hay mucha diferencia entre los grises días de lluvia o los claros de sol (aunque seguro que recordarás que siempre preferí el otoño a cualquier época del año). Viendo cómo la luz empieza a filtrarse por mis ventanas, invadiendo poco a poco mi sombrío cuarto, pienso en si tu curiosidad te estará "atormentando".
Te hablo de recuerdos dolorosos de forma velada y sin querer profundizar en ello... Sigo sin querer hacerlo, mi espíritu se estremece ante la sola idea de atraer a mi mente unas imágenes que deseo enterrar en lo más profundo de mi ser, de la misma forma en que deseo recuperar la nitidez de otros recuerdos para comprenderme mejor. Dios, a veces parezco demasiado paradójico (y eso que creo que ésta es la carta más coherente que te estoy escribiendo).

Quizás por hoy debería dejarlo..., tan sólo quería escribirte unas líneas explicando y disculpando la carta anterior... Está claro que no voy a desaparecer... no mientras quiera llevar la luz y el orden al caos de mi mente sumida en la penumbra. Sin embargo, creo que seguiré alargando una mano, por si tal vez quieres cogerla (sí, a veces sigo siendo el mismo ingenuo de siempre...).

Tendiendo su mano,
con cariño M.


Tras un largo tiempo de silencio

Sé que ha pasado mucho tiempo desde que escribí la última carta de esta historia, la razón para que esto se quedara parado ha sido únicamente que la novela que estaba escribiendo se llevó todo el tiempo del que disponía para escribir. Ahora que está terminada, puedo volver a dedicar tiempo a este proyecto. Intentaré recuperar el ritmo y avanzar a través de esta historia.

Gracias a los que aún seguís esta historia, no prometo una actualización continua, pero sí más seguida a partir de ahora.


martes 2 de diciembre de 2008

La Sexta Carta

Desde algún lugar de la inmensidad
Día de la Desesperación
A ti,
Estoy deshaciéndome, diluyéndome. Lo siento, poco a poco, cómo mi cuerpo se descompone en pequeñas partículas que se alejan de mí...
Me pierdo en la inmensidad vacía, en la nada. Es una caída ciega y sorda. Extiendo los brazos, intento asirme a algo, pero no hay nada. Tengo miedo. ¿Es que nadie me oye gritar? ¿Es que tú no me oyes? ¿Ya no quieres hacerlo? Tiemblo ante esa idea y con cada estremecimiento se deshace una parte mí...
Lo intentaré una vez más, alargaré mi mano esperando que tú la tomes antes de que desaparezca en minúsculas partículas. Por favor... por favor no dejes que la nada me envuelva en su manto de soledad. No ahora, no cuando había comenzado de nuevo a vivir, a recordar...
Con miedo, M.

Explicación

Esta entrada es para explicar por qué ahora mismo este blog anda tan parado; básicamente se debe a falta de tiempo para dedicarle como es debido, entre el trabajo, las colaboraciones para la web de Fantasymundo y la novela que estoy escribiendo (y que tiende a beberse toda mi inspiración últimamente) me queda poco que dedicarle a Cartas. Pero como no quiero abandonar el proyecto, mantendré el blog abierto y trataré de publicar nuevo material tan a menudo como pueda. A los que estaban siguiendo la historia (y que espero que no la hayan olvidado ya) les pido un poco de paciencia y les digo también que pronto subiré la Sexta Carta y que la historia seguirá adelante.

miércoles 24 de septiembre de 2008

La Quinta Carta

En algún lugar de la inmensidad

Día del silencio


A ti,


¿Te has parado alguna vez a escuchar el silencio…? Yo lo he hecho mucho últimamente, dejando que la oscuridad me envuelva por completo, cayendo más y más en lo profundo de mis pensamientos. En el silencio puedes oír muchas cosas… voces del pasado… eso es lo que quiero escuchar muchas veces, captar recuerdos de tiempos mejores…, aunque a veces creo que nunca hubo verdaderos tiempos mejores, que todo no fue más que una ilusión, que la realidad siempre ha sido tan dolorosa y oscura como lo es ahora…


Has escrito por fin y lo has hecho para preguntarme por ellos, no debería extrañarme tu curiosidad (bien la conozco)… Ellos… ¿Qué podría contarte de aquellos de los que huyo? Que no es por miedo a lo que ellos puedan hacerme, sino a lo que estando junto a ellos puedo llegarme a hacerme yo. En su compañía me pierdo, dejo de ser yo, porque me dejo, o me dejaba atrapar por las promesas vacías de una vida sin dolor, sin penas, sin sufrir, no más lágrimas, no más mirar atrás y darme cuenta de cómo lo había perdido todo… En su mundo era falsamente feliz, no había ayer, ni mañana, sólo presente, con cada minuto de sensaciones expandido hasta el infinito… Y nunca había silencio, el silencio que tantas cosas amargas me recordaba, el silencio que me traía recuerdos que ansiaba olvidar…


No sé si fui yo quién les encontró a ellos o ellos a mí, por entonces había caído muy bajo, tanto que ya no podía creer que alguna vez volvería a alzar el vuelo, mis alas se habían roto…


Era una noche de verano (recuerdo que era verano por el pegajoso calor, por la opresiva atmósfera de tormenta, por los truenos que rompían el cielo y los relámpagos que rasgaban las nubes), estaba en la calle, sentado en el suelo contra un muro mugriento, recuerdo que las lágrimas se deslizaban por mi cara sin freno y también recuerdo que lloraba por muchas cosas (algunas no eran más que estupideces del momento) y sentía que ya nada tenía sentido, que no merecía la pena seguir en este mundo… ¿Para qué? Si ya lo había perdido todo…

La navaja en la mano, el filo sobre la muñeca, las primeras gotas de lluvia y una voz que me habla en tono de broma…

Son imágenes confusas, lo sé, pero es así como a mi mente llegan ahora. La voz era del primero de ellos que me encontró, no recuerdo ya lo que me dijo, pero sé que me arrancó una risa irónica y que logró que dejase caer la navaja al suelo (y eso es lo único por lo que les puedo dar las gracias). Fue la primera persona en tenderme una mano “amable” en mucho tiempo y decidí tomarla, seguirla por el camino resplandeciente que me mostraba a mis pies. “Ven conmigo y haré que todo el dolor desaparezca, te daré nuevas alas y volarás tan alto como nunca te has atrevido a soñar”. Qué estupidez, pero yo quise creer en ello, quería volver a vivir, a sentir algo más que el sordo desgarrarse de mi corazón y me dejé llevar a aquel maravilloso mundo lleno de nuevas promesas, de nuevas experiencias.

Por un tiempo fue todo aquello que yo deseaba, la felicidad que tanto había añorado y ya no había más silencio, el pasado emborronado en recuerdos cada vez más lejanos y ajenos a mí. Entre ellos podía tocar el cielo o descender a los infiernos sin temor alguno, porque me creía invencible, nada había que no pudiese hacer junto a ellos y me sentía plenamente integrado, uno más, así yo pase a ser ellos, mi esencia diluyéndose, perdiéndose en aquella maraña de falsedades que parecían brillantes verdades. Y no sólo fue el camino de las drogas, era mucho más que eso, aunque ayudaban bastante a estar siempre en la brecha, siempre fijo en el presente, en el ahora más rápido y audaz, más feliz y sin miedos, ellas silenciaban el silencio. Y mi alma se fue descomponiendo en pequeños pedazos desperdigados tras de mí, mientras vivía toda clase de locuras que entonces no me lo parecían, sino que eran excitantes experiencias, aceleradores de mi sangre y mi adrenalina, que me hacían sentir totalmente vivo y sin embargo, ahora sé que poco a poco se llevaban mi vida, trozo a trozo. Y entonces, como Ícaro, volé demasiado cerca del sol… mis preciosas alas se deshicieron, pues nunca fueron de verdad, tan sólo un remedo de las que alguna vez tuve. Y me precipité al vacío demasiado rápido como para detener la caída… Aquel golpe con la realidad fue tan duro, tan terriblemente duro que todo mi ser quedó hecho añicos…


No puedo escribirlo, no puedo contarte aun lo que ocurrió en esa caída… no tengo el valor, ni las fuerzas y los recuerdos que guardo de aquello aun son demasiado engañosos y confusos… No puedo… (hay lágrimas en mis ojos…).


Tras aquello, roto, descompuesto en miles de fragmentos, fue cuando decidí huir, alejarme de ellos, dejarlos tras de mí, no volver a dejarme atrapar por el brillo de sus promesas de cristal, tan frágiles, tan falsas y cegadoras… Ahora puedo recordarlo, fue eso lo que me hizo tomar la decisión de irme, de abandonar su compañía, de embarcarme en un viaje de continua huida… Sabía que el silencio volvería con sus bordes afilados e hirientes, sabía que mi memoria entonces no era más que una amalgama de recuerdos confusos, borrosos, que había perdido una parte de mí mismo que debería recuperar… Y sabía que el proceso sería doloroso y que tal vez nunca llegaría al final, pero empecé a buscar las plumas de mis alas perdidas, para recomponerlas y recordar lo que una vez fui. Lo primero fue desintoxicarme, pero eso es ya tinta para otra carta o tal vez ni siquiera lo merezca… Aunque allí fue dónde encontré la primera pluma, no era blanca, ni negra, sino gris… Y allí se abrió el primer resquicio de luz entre la negrura de mis tinieblas.


Por eso nunca podré dejar de correr, no quiero que ellos vuelvan a alcanzarme, no ahora que poco a poco voy ganando el pulso a mi pasado reciente y desentrañando la maraña de mis recuerdos gracias a estas cartas (de las que cada vez estoy más seguro que lees).


El silencio… antes sólo quería acallarlo y ahora sólo quiero envolverme en él, dejarme llevar al interior de mi mente a través de las líneas que el silencio me traza.


Sólo una vez párate a escucharlo y dime qué es lo que oyes…


Con cariño, M.



lunes 15 de septiembre de 2008

La Cuarta Carta

En algún lugar de la inmensidad

Día de las imágenes

A ti,


A veces pienso que las fotografías no son más que recuerdos fragmentados y dispersos de cada uno de nosotros, memorias fijas de momentos que decidimos inmortalizar por lo significativo del momento. Por eso destruirlas es como borrar una parte de nuestra esencia, de nuestro paso por este mundo… Yo he borrado muchas imágenes así y cuánto me he arrepentido de haberlo hecho; no dejo de pensar que si ahora las tuviera aquí, me sería más fácil dar conexión a la inconexión de mis recuerdos, hilar con ellas la madeja de mi vida, de adelante a atrás y de atrás a adelante. Pero no se puede invertir el avance de las invisibles agujas del reloj del paso del tiempo y se ha de seguir adelante con lo que se hizo.


Fotografías… piezas del puzzle de nuestras vidas. Ojala me fuese más fácil colocarlas en el lugar adecuado…

Otra vez te escribo desde tu silencio, aunque aun sigo guardando la esperanza de recibir alguna palabra tuya. Aun así, creo oír las preguntas que me haces (o tal vez debería buscar ayuda si ya empiezo a oír voces en mi mente, aunque sea una tan agradable como la tuya… Sí, prefiero recordar tu voz agradable y no la última que te oí, espero que no te importe).


Sí, al final el trabajo me salió, no es más que un trabajo casi en calidad de freelance, pero me da el dinero suficiente para sobrevivir el tiempo necesario en esta ciudad, donde la lluvia es casi siempre el decorado de fondo de unos días sempiternamente grises.


Así que he vuelto a coger la cámara y mirar a través de su objetivo, a distanciarme de la realidad, a verla desde la observación más objetiva posible y me siento bien así, porque desde la frialdad de la máquina puedo captar la esencia de los acontecimientos, hasta la intensidad de los sentimientos. Porque la cámara es como un escudo que me protege de todo aquello que puede herirme o conmoverme, un trabajo aséptico.


Tal vez te envíe algunas fotos de las que hago ahora, si quieres claro, así tendrás en tu poder parte de lo que serán mis recuerdos del hoy que será el ayer…


Hoy, me temo, he de acabar esta carta demasiado pronto, en parte porque la noche ya toca a su fin, en parte porque mi mente se haya en un estado de casi blancura absoluta, y me he parado demasiadas veces a contemplar el paso invisible del tiempo, con la mirada perdida en la infinita negrura de la noche, sólo rota por los faros de los escasos coches que pasan por aquí. Tal vez otro día el arrebato escritor y de la memoria me lleven a escribirte una misiva más larga, con más sustancia.


Fotografías… ¿cuántas memorias en común guardas de nuestros días pasados?


Con cariño, M.

domingo 7 de septiembre de 2008

La Tercera Carta

En algún lugar de la inmensidad

Día de una noche en blanco


A ti,


Al filo del amanecer, esa es la hora a la que te escribo estas líneas, cuando aun está oscuro, pero ya puedes oler en el aire la cercanía del nuevo día. Ha sido una larga noche, sin poder dormir, como otras muchas, dando vueltas en la cama, levantándome, recorriendo este pequeño cuarto de arriba abajo, siendo consciente de cada paso, de cada minuto, a veces con la mente en blanco, otras con el pensamiento lleno de imágenes, tan fugaces e imposibles de alcanzar. La noche es la hora mi locura, cuando el dolor amenaza con hacerme caer de nuevo en el oscuro pozo del que tan difícil me ha resultado salir.


Hoy te escribo por impulso, porque tu imagen aleja los demonios que acechan en las esquinas de mi habitación, esperando a que cierre los ojos, a que baje la guardia para abalanzarse sobre mí. Siento el desvarío de mis palabras, de mi mente, pero hoy me resulta casi imposible concentrarme… Antes, en noches como ésta me metía lo que más a mano tuviese, caballo, maría… algo para hacerme olvidar, para alejarme de este mundo que me hiere sólo con la luz del día, pero ya no, eso ha quedado atrás, se acabó. Ahora serán estas cartas las que me ayuden a afrontar las largas noches en vela, a alejarme del filo de la navaja…


He releído las líneas anteriores, debo darte pena, seguro, y tal vez es lo que busco, que me tengas lástima o que te regodees en mi desgracia (sin duda, eso es lo que merezco), y también quiero tu compasión, pero a eso no tengo derecho, bien lo sé…


He vuelto a viajar…, la última ciudad me agobiaba como acaban agobiándome todos los lugares a los que llego después de un tiempo. Sentí de nuevo el apremiante anhelo de irme de allí, de cruzar el horizonte otra vez. Así que cogí mis escasas pertenencias, saqué un billete de tren y me fui.

En el tren, ojala pudiera pasarme la vida viajando en un tren, de estación en estación, sin parar, encontrando nuevos rostros cada día, sin que nada pudiera detenerme, un viaje infinito del que no habría jamás vuelta atrás… Sueños locos de una mente desquiciada…


Perdóname, no hago más que perder el hilo de mis propios pensamientos y apenas puedo evitarlo… ¿La nueva ciudad?, igual que la anterior, calles atestadas de gente, tráfico sobre el asfalto, luces de neón que iluminan la noche, ruido y vida, nada las diferencia, salvo el nombre, una más entre miles de millones… Huyo de una pesadilla para acabar en otra, y sin embargo, creo siempre al principio que es un nuevo sueño. Tal vez algún día encuentre el lugar del que ya no tenga que huir, el lugar en el que sentir seguridad, el lugar en el que piense que ya no me podrán encontrar… Tal vez…


He estado esperando una carta tuya, pero esta vez has decido no escribirme de vuelta, no importa, no es algo que me sorprenda, pero tenía la pequeña esperanza de leer unas pocas líneas tuyas, rayo de luz en mis turbias ensoñaciones… Siempre fuiste así para mí, una luz demasiado brillante que hacía que mi sombra fuese aun más oscura… quizás eso fue lo que me asustó, lo que me hizo alejarme de ti, ahora entiendo que fue otra estupidez más sobre el cúmulo de estupideces que hice entonces, que te hice a ti y que sé que te hicieron sufrir. Si existe una ley del karma, yo la estoy pagando con creces, pero no tengo derecho a quejarme, nunca lo tuve (igual que ya no tengo derecho a pedirte perdón).


Tengo una taza de café junto a mí, solo, amargo y cargado para sacarme el sopor que me atenaza. Dentro de unas horas saldré a buscar un nuevo trabajo con el que mantenerme los meses que viva aquí. Afortunadamente (ja, un poco de suerte en esta vida sin suerte), aun conservo mi talento y siempre soy capaz de encontrar algo para sobrevivir… ¿Recuerdas aquella exposición que me ayudaste a montar? (no sé por qué me he acordado de eso ahora, supongo que por lo del trabajo), aun no salíamos, pero estaba claro que no tardaríamos en hacerlo, todos lo decían… Algunas de las fotos que colgamos ese día las quemé en uno de mis arrebatos de desesperación, aun puedo ver las llamas devorando las imágenes, deformando rostros y paisajes y el extraño placer que me hizo sentir hacerlo… Jamás me lo he perdonado, porque entre esa fotos había una especial, tal vez ya no te acuerdes, pero yo la veo como si la tuviera delante de mí (son de esos recuerdos que sobresalen de entre la maraña emborronada), fue de las primeras que te hice mientras trabajabas, tenías una expresión tan increíble, como si de verdad estuvieras inspirándote en lugares remotos, sólo vislumbrados por ti… Ojala pudiera viajar en el tiempo y rescatar esa foto de las llamas, de mi ceguera… Perdí la única foto que conservaba de ti en una noche febril.


Ya es de día, el cielo clarea y poco a poco siento que la calma llega a mi mente insomne, escribir, divagar a través de estas líneas, hace que me centre, como si fueras una tabla de salvación en este mar de recuerdos e imágenes centelleantes, de sueños que derivan en pesadillas, del miedo a que vuelvan los días de antes de huir…


Esta extraña carta de hoy llega ya a su fin, perdona nuevamente mi pluma inconstante y quédate tan sólo con aquello que tenga sentido para ti.


Con cariño, M.